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HISTORIA POLITICA DE LOS INTELECTUALES, UNA

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Esta historia nació de una frustración. A medida que avanzaba la escritura de Une histoire de France, tenía la sensación de ser prisionero de la política, grande o pequeña, de los entresijos del poder y de una única especie de grande…

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EAN: 9788415355137

Categorías:Ciencias Humanas / HISTORIA / Etiquetas:Cultura y política / Francia / Intelectuales / Vida intelectual /

Descripción

Esta historia nació de una frustración. A medida que avanzaba la escritura de Une histoire de France, tenía la sensación de ser prisionero de la política, grande o pequeña, de los entresijos del poder y de una única especie de grandes hombres, los poseedores de la autoridad suprema. Los movimientos de la sociedad se me escapaban entre los dedos; la vida de las ideas aparecía al trasluz; las artes y las letras constituían un lejano telón de fondo. Y a los hombres de Estado no los cuestionaban más que sus pares y los aprendices de sus pares: Napoleón se las tenía con Alejandro y Wellington, nunca con Chateaubriand; Clemenceau nunca se encontraba a Péguy en su camino; De Gaulle escapaba al bombardeo de Sartre. De aquí surge el deseo de enrocarse como en el ajedrez y dejar a un lado a los intelectuales. Extraña palabra nacida, como es sabido, en el episodio del caso Dreyfus, pero que corresponde a una realidad mucho más antigua. ¿Dónde situar el punto de partida de este linaje? ¿En Sócrates o en Platón? ¿En santo Tomás de Aquino? ¿En Erasmo? Que cada uno opine lo que quiera. El intelectual moderno nace, según mi punto de vista, en el siglo XVIII, cuando escapa a la influencia de la realeza y a la omnipresencia religiosa. Es la sociedad la que constituye a partir de ese momento su líquido amniótico, y no ya la monarquía ni la Iglesia. Adopta una posición para enfrentarse al poder; ese enfrentamiento define su identidad tanto como su trabajo de creación. La opinión pública y la posteridad no se equivocan. Bergson es un filósofo, no un intelectual, pero Camus sí lo es. Gracq es un novelista, pero Aragon es un intelectual. Proust es… Proust, pero Gide es un intelectual. Esta percepción intuitiva corresponde a una definición casi natural. El intelectual piensa el mundo, ya sea parcialmente, e incluso incidentalmente, pero se sitúa plenamente en él: las palabras son actos; las ideas, armas; las teorías, cánones. Es, lo mismo que la di- versidad de los quesos, la variedad de los paisajes o la pasión por las revoluciones, una especialidad muy francesa.

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